¿Cómo? ¿No tienes Facebook?”, se extrañan los extraños nada más enterarlos del despropósito. Algunos creen que es broma. “¡Tú tan moderno!”, añaden, no bien asumen la terrible verdad que lo etiqueta a uno como antigualla y antisocial. ¿Cómo explicarles que no tiene uno Facebook justamente por darle la espalda al pasado? Perdón, pero la pura idea de ver volver fantasmas de años ya muy pretéritos me provoca una grima rayana en el horror. Por lo demás, gastarse el día de hoy alimentando el gusto por el ayer suena un poco a negocio deficitario.
¿Qué demonios se esconde tras el retrovisor, que te ganan las ganas de meter reversa? ¿Qué hay en esa canción de la que hace quince años abominabas visceralmente y de pronto te suena tan querida como aquellas que entonces canturreabas? ¿Por qué el sonido estéreo digital replica tan fielmente la memoria de aquel cassette desgastado y tipludo que sin embargo tanto te hizo bailar? ¿Cómo es que la aspereza de esos años guerreros hoy se insinúa tersa y confortable?
Pavlov lo habría explicado en tres ladridos, pero el cerebro es algo más lento. Peor todavía cuando ha de ir hacia atrás y dejarse arrullar por un coro de ideas alguna vez riesgosas y al final del camino acolchonadas. He ahí la recompensa de la nostalgia —o la compensación, si se prefiere—, que ante la incertidumbre del vaivén imperante se guarece debajo del destino cumplido. ¿No parece verdad que un día fuimos felices y nos atragantamos de perdices? ¿Y dónde quedó entonces la incertidumbre que por aquellos años nos comía las tripas?
Debe de haber decenas de razones comodinas por las cuales el pasado, o cuanto en la memoria queda de él, nos parece entrañable, y otras tantas quizá para explicar cómo es que lo entrañable se percibe, de paso, irrenunciable, cual si en esas entrañas elocuentes no se escondieran substancias inmundas de las que es necesario desprenderse. “¡Hijo de mis entrañas!”, clama la madre con toda justicia, y a partir de ese punto uno quisiera que todo cuanto amó se conservara dentro de sus secretas y hondas entretelas, como sería el caso de un baúl encantado cuyo interior es impermeable al tiempo.
Ahora bien, si algo se le reprocha con acritud al tiempo es que jamás se digne estarse quieto. Su paso terminante —lo sabemos, nos duele— no deja nada vivo, aún si la añoranza se empeña en maquillar a los cadáveres y dotarlos de alguno que otro matiz que desde cierto ángulo refleje movimiento. Antes que revivir al pasado perdido, lo que uno logra es embalsamarlo. Su cutis saldrá terso en la fotografía, como aquellos platillos apetitosos que se usan en la filmación de un comercial, cuyo aspecto es fresquísimo y la mar de seductor, pero ya el maquillaje los hizo incomibles.
No es que no sea posible viajar al pasado. El problema es el precio. Por más que se insinúe gratuito o muy barato, el prurito nostálgico es costoso pasatiempo, ya que suele pagarse con la única riqueza verdadera e irremplazable que tenemos: el tiempo. Gastarse el tiempo actual en corregir los años pretéritos es un derroche ciertamente escandaloso, pero al cabo son tantos los manirrotos que todo el despropósito semeja nada más que una entretención inofensiva y gratificante.
Ex vecinos. Ex compañeros. Ex novias. Ex amigos. Ex enemigos. Ex cónyuges. Gente que cualquier día pasa lista en alguna pesadilla, pero difícilmente vendrá a tocar la puerta de tu casa. ¿Cómo por qué tendría uno que estar al día con sus vidas remotas y ya incomprensibles? ¿No es mejor recordarlos tal como los dejamos la última vez? Y aun si fuese un placer topárnoslos de pronto, ¿no es preferible la sorpresa del azar, incluso la sospecha de una causalidad traviesa y fetichista?
Me estoy haciendo odiar con estas reflexiones. Sería más amable sumarse a la legión revisionista y concordar en el deleite pajolero de acomodar los hechos al gusto general, como se hace a la luz de un cadáver presente cuya memoria es siempre edificante, toda vez que la suma de sus defectos ha sido sepultada por el pudor de los sobrevivientes. Que uno se mienta, al fin, por el gusto de ver hacia el pasado como hubiera querido que ocurriera, no deja de ser muestra de nobleza y salud cerebral, pero sumarse todos a la misma mentira suena a conspiración de ranchería.
¿Ahora resulta entonces que lo malo era bueno, la hueva diversión, la calentura amor, el recelo amistad, la incertidumbre fe y la vergüenza orgullo? Perdón por rechazar a la legión de “amigos” que en teoría me aguarda allá en el Facebook, pero no creo en la vida entre comillas y el porvenir no espera a los morosos.



