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A la cárcel por una pulsera Fitbit

El País - José Mendiola Zurriarrain - 17.07.2017, 08:45
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El pasado mes de abril, una pulsera de actividad Fitbit se convirtió en una de las principales pruebas de cargo en un homicidio en una causa que provocó un gran revuelo en Estados Unidos. El wearable fue testigo silencioso de la lucha a muerte entre Connie Dabate y su misterioso asesino; el dispositivo midió los bruscos movimientos y las pulsaciones hasta detener toda actividad a las 10:05, la que fue considerada como hora de la muerte de la mujer. Fue gracias a esta pulsera que se descubrió la identidad del asesino: su propio marido. Y es que los dispositivos conectados se están convirtiendo en pruebas de cargo y como testigos mudos de delitos que son posteriormente resueltos gracias a la información registrada por los mismos.

Tanto los espías del salón como las pulseras y móviles pueden registrar en todo momento todo lo que sucede a su alrededor, incluyendo grabaciones de audio, y lo que se convierte en una pesadilla para los defensores de su privacidad, puede contribuir a resolver complejos delitos. Meses más tarde del suceso de la pulsera Fitbit, un juez ordenó a Amazon revelar el contenido del altavoz Echo -un dispositivo en escucha permanente- en la fecha y horas en las que presuntamente se cometió un crimen. En este caso se contaba con el beneplácito del sospechoso, pero la firma se limitó a proporcionar una transcripción de la actividad del equipo, negándose a entregar el audio al considerarlo una vulneración de los derechos fundamentales del acusado.

Los forenses del 'internet de las cosas'

Bruce Snell, experto en ciberseguridad de McAfee, ha advertido de que las pulseras de actividad se han convertido en nuestros espías gracias a la gran cantidad de información sobre la actividad de la persona que registran, unos datos que en el caso de la comisión de un delito pueden ser de gran utilidad, en especial para desbaratar a los impostores. Estos equipos pueden registrar con gran precisión los latidos de la persona que los lleva y parece lógico pensar que en la comisión de un delito esta actividad se disparará. La proliferación de estos dispositivos ha provocado que las autoridades los consideren como fuente determinante de información en los delitos y a los investigadores que se encargan de obtener esta información se les conoce ya como “los forenses del Internet de las cosas”.

En este sentido, la policía está formando ya a sus detectives para lograr obtener información de este tipo de dispositivos, y que nadie piense que la investigación se limita a los wearables o cámaras y altavoces en el domicilio: en realidad, cualquier dispositivo conectado puede proporcionar pruebas vitales en la comisión de un delito, como la hora en la que se activó la cafetera o en la que alguien tocó el timbre. En realidad, las autoridades se enfrentan a una nueva e inesperada era en la que la dificultad no reside en obtener información, sino saber filtrar la que tiene realmente valor: “Hay muchos más datos de los que podemos gestionar”, como reconocería el fiscal encargado del ‘caso Fitbit’ ante la avalancha de información proporcionada por el dispositivo.

 
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