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El papel clave de TVE en la Transición

ABC - Federico Marín Bellón - 19.03.2017, 09:17
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Una escena vivida en el programa «Tribuna de la historia» ilustra el espíritu de reconciliación que se vivió en los años de la Transición en TVE, o al menos eso sostienen los catedráticos María Antonia Paz (Universidad Complutense de Madrid) y Julio Montero (Universidad Internacional de la Rioja). Jesús, iluminador del espacio y expiloto de avión de combate en las filas republicanas, entró en el plató y saludó efusivamente a Eurico de la Peña, expiloto del bando nacional, que participaba como invitado.

Aquel abrazo era «un referente claro de cómo se vivía la Transición», explica Montero, que también es catedrático de la Complutense en excedencia. Aquella actitud no era fruto de la bondad intrínseca de los españoles, sino la consecuencia del «miedo a la guerra». «Me asombra que se haya olvidado ese temor bestial. La gente ahora ni se lo imagina. Cualquier negociación era preferible al terror que suponían otras alternativas. Fue la base de la Transición», relata el profesor.

Paz y Montero abordan en su trabajo un aspecto desconocido o muy poco tratado en nuestra historia reciente: el papel determinante que tuvo TVE tras la muerte de Franco. La cadena pública fue uno de los agentes fundamentales para inculcar a la sociedad española valores democráticos. La suya fue una labor social, de servicio público, impulsada por el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, quien conocía perfectamente el medio de sus tiempos como director general de RTVE, entre 1969 y 1973. En la segunda mitad de los setenta, el Gobierno no podía permitirse tener problemas laborales, por lo que «estudió las peticiones de los sindicatos y no solo las concedió, las mejoró». «Quizá ahí empezó la ruina de TVE», admite el profesor, pero «a corto plazo fue una situación ideal para trabajar».

«No hubo amnesia»

Lo primero que hizo el presidente fue cambiar los Telediarios. «Hacía falta que la gente se los creyera», dice Montero. «Eran prácticamente la única fuente de información de la gente, que todavía leía poca prensa». Por todo ello, en aquellos años en TVE «no hubo amnesia histórica». «Todo lo contrario, se intentó ofrecer una historia objetiva, narrada con diálogos entre expertos con diferentes enfoques».

Julio Montero asegura que el problema de la historia contada durante el franquismo no era solo que incluyera mentiras, sino que era un relato parcial. «Era necesario escenificar un diálogo, no una nueva versión de la historia, a la que podían acusar de ser tan falsa como la anterior». Por eso en TVE empiezan a aparecer artistas prohibidos, del otro bando, e incluso personajes como la Pasionaria. Pero la «jugada maestra» fue programar espacios de historia, vendida como una ciencia en la que hay unos «sabios oficiales», los catedráticos. «Por eso abundan en la Transición», aunque cuando se tratan asuntos delicados se recurre a expertos de fuera, que lo cuente alguien con objetividad probada. Los hispanistas franceses, británicos y estadounidenses empiezan a hacerse populares. Malefakis, Southworth, Gibson, Preston, Shlomo Ben-Ami, Stansky y Stanley Payne se convierten en pequeñas estrellas mediáticas.

En su trabajo, Paz y Montero estudian en profundidad el papel de «La clave», pero sobre todo analizan «Tribuna de la Historia» y «La víspera de nuestro tiempo», además de las series «Memoria de España. Medio siglo de crisis» y «España, historia inmediata». Los dos primeros (1978-1985) suman 261 entregas, más de 300 horas dirigidas a un público «minoritario, pero selecto e influyente».

«En ellos siempre hubo respeto por las personas, buena educación, sometimiento a los hechos y a la razonabilidad. Vamos: hoy nadie querría asistir», aseguraba María Antonia Paz en la presentación de su investigación. En el documento se cuenta que con estos formatos se daba a entender incluso que quienes más sabían dialogaban sin descalificaciones y que polemizar desde posturas más exaltadas indicaba un escaso conocimiento.

Una época sin documentales

La importancia de los debates contrasta con la desaparición de los documentales en televisión. Julio Montero alaba incluso la decisión: «El documental es una interpretación creativa de la realidad, el género más utilizado para la propaganda precisamente porque pasa por ser imparcial. El que quiere manipular en televisión hace documentales», insiste. La repercusión de los programas históricos y de debate, por otro lado, se incrementó gracias al eco que tenían en la prensa. Los catedráticos ponen especial énfasis en las referencias encontradas en ABC, «El País» y «La Vanguardia».

Lo curioso es que, «con la Transición cerrada, el intento perdió interés y estos espacios desaparecieron». Desde entonces, añade Montero, «la televisión se ha entendido como instrumento vinculado a los partidos». «Ocurre en muchos países, no es nuestra especialidad, aunque de modo menos descarado. En España la gente lo acepta como si formara parte del juego político». Suárez, en cambio, «supo convertir un instrumento de manipulación en otro que apostaba por el aperturismo. Tuvo unos réditos sociales, culturales y electorales más grandes que la manipulación posterior».

 
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